El falsificador que quería que supieran que era bueno
De la Casa de Moneda colonial a las imprentas de Azángaro: una historia sobre Lima, sus antiguos oficios gráficos y el extraño problema de ser muy bueno en algo que uno jamás podrá firmar.
Hace unos días encontré, casi por accidente, un episodio de Trafficked, la serie de National Geographic en la que Mariana van Zeller se interna en algunas de las economías ilegales más difíciles de mirar de cerca. Este se llamaba Counterfeiting y transcurría en el Perú.
La premisa tenía algo entre vergonzoso y fascinante: Van Zeller había llegado a Lima siguiendo el rastro de falsificadores peruanos de dólares. El programa utiliza para describirlos una expresión bastante reveladora: gangster craftsmen. Algo así como artesanos criminales.
Curiosamente, no fueron los billetes lo que me dejó pensando, sino uno de los entrevistados. Está preso en Lurigancho y habla con el rostro cubierto. Tiene buenas razones para conservar el anonimato y, sin embargo, ha aceptado recibir a una periodista de National Geographic y hablar ante una cámara que terminará siendo vista en medio mundo. Hay algo desconcertante en esa decisión. El hombre se había dedicado a una actividad en la que ser reconocido constituye, casi por definición, un fracaso profesional. No podía enseñar la cara, pero sí estaba dispuesto a que viéramos aquello que sabía hacer.
VIDEO: Counterfeiting (Full Episode) | Trafficked with Mariana van Zeller
Mientras lo veía recordé una historia que me contó un profesor hace muchos años sobre el jirón Azángaro. Según él, la fama de los falsificadores del Centro de Lima no había aparecido de la nada. Venía de mucho antes, de una tradición de acuñadores, grabadores e impresores que se remontaba a la Colonia. En algún momento —así recuerdo la historia— la fabricación de moneda se había trasladado hacia otras partes del Virreinato y algunos de quienes conocían sus secretos encontraron usos menos oficiales para lo que sabían.
Es una de esas historias que uno escucha en Lima y quiere que sean ciertas. Así que, años después, fui a buscarla.
La primera sorpresa es que una parte considerable de la historia existe. La segunda es que la parte más atractiva es precisamente la que no he podido demostrar.
Lima aprende a fabricar dinero
La Casa de Moneda de Lima es casi tan antigua como la ciudad española. Felipe II ordenó crearla mediante Real Cédula del 21 de agosto de 1565 y en 1568 comenzaron las primeras acuñaciones. Funcionaba inicialmente junto al Palacio de los Virreyes, en el entorno de lo que hoy es Palacio de Gobierno. Lima tenía entonces poco más de treinta años de fundada por los españoles y ya existía aquí un grupo de personas cuyo trabajo consistía, literalmente, en fabricar aquello que los demás debían reconocer como dinero.
Había, sin embargo, un inconveniente bastante práctico. La gran fuente de plata del Virreinato estaba lejos de Lima, en Potosí, y transportar el metal hasta la capital resultaba caro y poco eficiente. Francisco de Toledo decidió acercar la producción monetaria a la fuente del metal y, en la década de 1570, Potosí comenzó a acuñar moneda.
La historia fue bastante menos ordenada que un simple traslado de Lima a Potosí. Durante un periodo ambas cecas funcionaron simultáneamente y la de Lima tendría después cierres y reaperturas hasta su restablecimiento definitivo. Pero es precisamente en esos movimientos donde la historia que me contó aquel profesor empieza a resultar tentadora. Es fácil imaginar que los cambios dejaran atrás artesanos que conocían el trabajo de los metales, los cuños, las matrices y los grabados, y que algunos terminaran utilizando esas habilidades fuera del circuito oficial.
El problema es que no he encontrado evidencia suficiente para afirmarlo.
No aparece, al menos en las fuentes que he podido revisar, ese acuñador desempleado que cruza la frontera entre el oficio oficial y la falsificación, ni una investigación que permita seguir una cadena de maestros y aprendices desde la Casa de Moneda hasta los falsificadores limeños de siglos posteriores. Quizá exista escondida en algún archivo. Por ahora, convertir esa historia oral en un hecho sería hacer precisamente aquello de lo que trata este artículo: producir una copia convincente y pedirle al lector que la acepte como auténtica.
Lo curioso es que no hace falta. La historia comprobable resulta bastante mejor.
Fuente: Banco Central de Reserva del Perú — Casa Nacional de Moneda
La otra fábrica de Lima
Mientras Lima aprendía a fabricar dinero estaba aprendiendo también otra tecnología destinada a cambiar la ciudad: la imprenta. El italiano Antonio Ricardo llegó al Perú a comienzos de la década de 1580 y en 1584 salió de su taller la Doctrina Christiana y Catecismo para Instrucción de los Indios, considerada el primer libro impreso en América del Sur.
Lo interesante para esta historia no es solamente la llegada de una prensa. Alrededor de ella había tipos de distintos tamaños, matrices para fundirlos, letras ornamentales, utensilios para preparar tinta, papel, grabados, encuadernadores y aprendices. Una tecnología había traído consigo un pequeño ecosistema humano.
De modo que, hacia finales del siglo XVI, convivían en Lima dos oficios que hoy rara vez pensamos juntos: por un lado, los hombres que acuñaban la moneda del Virreinato; por otro, impresores, fundidores de tipos y aprendices que empezaban a dominar el arte de reproducir palabras e imágenes. A ellos se sumarían después los grabadores, cuya presencia en la ciudad terminaría siendo especialmente importante durante los siglos XVII y XVIII.
Quizá sea equivocado buscar una “Escuela de Artes Gráficas” colonial con un edificio, profesores y alumnos como hoy entendemos esas palabras. La enseñanza de aquellos oficios ocurría de otra manera: en talleres, entre maestros y aprendices, alrededor de una prensa, una plancha de metal o una caja de tipos.
Hacia mediados del siglo XVII los grabados calcográficos producidos en Lima comenzaron incluso a ser firmados por sus autores. El siglo XVIII fue un periodo especialmente importante para esa producción. La Biblioteca Nacional conserva los nombres de algunos de aquellos maestros. José Vázquez, por ejemplo, trabajó entre 1759 y 1794; Marcelo Cabello prolongó el oficio hasta los primeros años de la República. Hacían retratos de reyes y autoridades, estampas religiosas, planos y mapas.
Lo importante aquí no es tanto qué representaban como el conocimiento que habían acumulado: sabían transformar una imagen en una matriz y una matriz en muchas reproducciones. Durante generaciones, Lima tuvo personas capaces de grabar, imprimir, dibujar, fundir tipos y reproducir con enorme precisión.
Fuente: Biblioteca Nacional del Perú — La imprenta en el Perú
Mucho después aparecería la Escuela Nacional de Artes Gráficas propiamente dicha. También alrededor de ella sobreviven historias sobre antiguos alumnos de extraordinaria habilidad que habrían terminado del lado equivocado del oficio. No he encontrado documentación seria que permita describir a esa institución como una cantera de falsificadores, y hacerlo sería tan injusto como históricamente irresponsable.
Pero la persistencia de esa leyenda dice algo interesante sobre Lima. Cuando la ciudad intentó explicarse de dónde provenía la destreza de algunos de sus falsificadores, buscó la respuesta en sus propios artesanos.
El fraude estaba allí mucho antes de Azángaro
Hay otro episodio colonial que complica todavía más la historia. Potosí, precisamente el lugar hacia donde se había desplazado buena parte de la acuñación, fue escenario en el siglo XVII de uno de los grandes escándalos monetarios de la América española.
Las monedas debían contener determinada cantidad y calidad de metal. Durante años, sin embargo, circularon piezas potosinas adulteradas. El fraude llegó a adquirir una dimensión suficiente para afectar la confianza en aquella moneda mucho más allá del Virreinato, y las investigaciones terminaron involucrando a personas vinculadas a la propia ceca. La Corona respondió con procesos y castigos severos.
La ironía histórica es difícil de mejorar: el problema de la falsedad había conseguido entrar en la propia institución encargada de garantizar qué era dinero verdadero.
No estamos todavía ante el falsificador moderno que imprime clandestinamente un billete. Las técnicas, los delitos y el contexto eran otros. Pero sí aparece muy temprano un problema que acompañará durante siglos a la moneda: su valor depende no solo del objeto que tenemos en la mano, sino de la confianza en que ese objeto sea aquello que afirma ser.
Y todavía faltaban varios siglos para que el nombre de una calle limeña se convirtiera en sinónimo de esa sospecha.
De los talleres del Centro a Azángaro
Es imposible demostrar que aquellos antiguos oficios desembocaran en la falsificación moderna, pero tampoco hace falta recorrer cinco siglos para encontrar el momento en que Lima adquirió una reputación bastante menos prestigiosa por su capacidad para reproducir documentos. Para eso basta acercarse al jirón Azángaro.
Quienes crecimos escuchando el nombre sabemos que durante mucho tiempo “Azángaro” dejó de significar solamente una calle. Se convirtió casi en una categoría. Uno podía decir que determinado documento “había salido de Azángaro” y todos entendían la insinuación.
Esta parte sí está documentada. El antropólogo Jaris Mujica estudió las redes informales que funcionaban alrededor del Palacio de Justicia y encontró, en las últimas cuadras del jirón, un ecosistema de tramitadores, imprentas, intermediarios y falsificadores. Había personas que captaban clientes en la calle y los conducían hacia quienes podían fabricar el documento requerido.
Uno de los mejores detalles de su investigación es lingüístico. En aquel pequeño mundo nadie necesitaba anunciar a gritos que falsificaba documentos. La palabra utilizada era mucho más inocente: “trámites”. En las calles próximas al Palacio podían encontrarse personas ofreciendo trámites y documentos.
No se me ocurre una expresión más limeña.
Fuente: investigación de Jaris Mujica sobre las redes alrededor del Palacio de Justicia
Lo más curioso es que ese mercado funcionaba prácticamente a la sombra del Palacio de Justicia. La coincidencia geográfica resulta difícil de superar: mientras dentro del Palacio el Estado decidía qué documentos, firmas y actos tenían valor jurídico, unas cuadras más allá había personas dedicadas a reproducir los signos materiales que permitían reconocer esa autoridad.
El Estado expedía un documento y alguien estudiaba cómo estaba hecho. Una autoridad estampaba un sello y alguien aprendía cómo era ese sello. Aparecía un nuevo formato y, tarde o temprano, alguien averiguaba cómo reproducir su apariencia.
Quizá esa sea una manera más interesante de entender Azángaro. No simplemente como una calle de falsificadores, sino como un lugar donde dos actividades completamente opuestas terminaron trabajando alrededor de la misma pregunta: qué necesita tener un objeto para que nosotros creamos que es verdadero.
Y esa pregunta nos devuelve al hombre de Lurigancho.
Un oficio que no permite firmar la obra
Hay profesiones en las que el reconocimiento forma parte natural del trabajo. El pintor firma el cuadro, el escritor aparece en la portada y el arquitecto puede llevar a sus hijos frente a un edificio y contarles que aquello lo diseñó él.
El falsificador enfrenta el problema exactamente contrario. Si hace perfectamente su trabajo, desaparece detrás de él. Su mejor obra es aquella en la que nadie se pregunta quién la hizo, porque en el momento en que alguien reconoce la mano del autor la ilusión empieza a romperse.
Fue ahí donde entendí qué era lo que realmente me había interesado del documental de Mariana van Zeller. No eran los dólares ni la habilidad técnica necesaria para imitarlos. Era la extraña relación entre un oficio clandestino y el reconocimiento.
¿Qué hace una persona con el orgullo de sentirse excepcionalmente buena en algo que jamás podrá firmar?
Fue entonces cuando pensé en Walter White.
Walter White y el problema del reconocimiento
La comparación con Breaking Bad puede parecer demasiado fácil, pero no me interesa por las razones obvias. Walter White es un personaje de ficción; los falsificadores de Lima existen y sus delitos tienen consecuencias reales. Tampoco hay ninguna razón para confundir habilidad técnica con mérito moral.
El paralelismo interesante está en otra parte.
Durante buena parte de la serie, Walter construye explicaciones para sí mismo: el dinero, la enfermedad, la necesidad de asegurar el futuro de su familia. Conforme avanza la historia, esas explicaciones dejan de ser suficientes y aparece una vieja herida relacionada con el reconocimiento. Walter siente que ha sido más talentoso de lo que su vida terminó reflejando. Heisenberg le ofrece, entre muchas otras cosas, un mundo en el que ese talento finalmente produce reputación.
No se trata solamente de hacer algo excepcional. Importa que otros sepan quién lo hizo.
El hombre entrevistado por Van Zeller enfrenta, al menos desde afuera, una paradoja inversa. No sabemos por qué aceptó aquella entrevista y sería absurdo inventarle una psicología. Pudo hacerlo por dinero, vanidad, aburrimiento o por una razón que el documental ni siquiera muestra. Lo único que podemos observar es la escena: un hombre tapa cuidadosamente su rostro mientras permite que una cámara internacional registre aquello que sabe hacer.
Necesita que no sepamos quién es, pero ha aceptado que sepamos que existe.
La historia que Lima se cuenta a sí misma
Sigo sin poder demostrar la historia que me contó aquel profesor. No puedo dibujar una línea continua desde un acuñador de la Lima del siglo XVI hasta un grabador del XVIII, desde allí hasta las escuelas gráficas del Perú contemporáneo y finalmente hasta una imprenta clandestina de Azángaro. Probablemente esa línea perfecta nunca existió. La historia rara vez tiene la consideración de ser tan ordenada.
Pero después de retirar la leyenda quedan hechos curiosamente próximos unos de otros. En 1568 Lima ya acuñaba moneda y, apenas dieciséis años después, imprimía libros. Durante los siglos siguientes produjo generaciones de impresores y grabadores capaces de realizar trabajos cada vez más sofisticados. Mucho después, unas cuadras del Centro de Lima adquirieron notoriedad por otra clase de reproducción: documentos fabricados para parecer aquello que no eran. Y en el siglo XXI una periodista de National Geographic llegó al Perú siguiendo la pista de falsificadores de dólares y terminó describiendo ese mundo mediante una palabra que parece venir de mucho más atrás: craftsmen, artesanos.
Nada de esto demuestra una genealogía criminal. Confundir coincidencia histórica con causalidad sería arruinar precisamente lo más interesante de la historia. Lo que sí muestra es que Lima lleva casi cinco siglos reuniendo oficios relacionados, de maneras completamente distintas, con la fabricación de objetos cuya eficacia depende de que alguien crea en ellos: una moneda, un libro, un grabado, una firma, un sello o un documento. A veces el trabajo consistía en producir el original; otras, mucho después y en los márgenes de la ley, en conseguir que nadie advirtiera que estaba frente a una copia.
Puede ser casualidad. Seguramente, en buena medida, lo es.
Pero la próxima vez que camine por Azángaro voy a mirar esa calle de otra manera. No porque crea que debajo de sus imprentas sobrevive una cofradía de grabadores coloniales. Eso pertenece, mientras nadie encuentre el documento que lo demuestre, a esa magnífica colección de historias que Lima lleva siglos contándose sobre sí misma.
Voy a recordar más bien al hombre de Lurigancho hablando detrás de una máscara. Walter White terminó inventando a Heisenberg porque necesitaba que su talento tuviera un nombre. El falsificador peruano no podía permitirse algo semejante: necesitaba conservar el anonimato y, al mismo tiempo, había aceptado que una cámara internacional registrara aquello que sabía hacer.
No sabemos por qué lo hizo. Pero hay una posibilidad difícil de descartar y demasiado humana para no pensar en ella: tal vez no necesitaba que supiéramos quién era. Le bastaba con que supiéramos que era bueno.
Fuentes y material para seguir la historia
National Geographic — Counterfeiting | Trafficked with Mariana van Zeller
https://www.youtube.com/watch?v=XYzJBJi_5S0
Banco Central de Reserva del Perú — Casa Nacional de Moneda
https://www.bcrp.gob.pe/billetes-y-monedas/casa-nacional-de-moneda.html
Biblioteca Nacional del Perú — La imprenta en el Perú
https://memoriaperu.bnp.gob.pe/micrositio/imprenta
Jaris Mujica — investigación sobre las redes informales y la falsificación alrededor del Palacio de Justicia
https://www.scielo.org.mx/scielo.php?pid=S0185-39292011000200004&script=sci_arttext