Blog 2 - Feria del Libro
Como para algunos, tengo la suerte de que julio represente una o más visitas a la FIL, y este año el cambio de sede no impidió romper esa tradición.
Al comienzo, mis ganas de asistir eran la añoranza del recuerdo de papá, quien nos llevaba a mi hermano y a mí, y nos permitía comprar un libro de remate para cada uno, ajustado a un presupuesto limitado, o varios minilibros de textos diminutos que contenían grandes historias y nos dejaban fascinados. Para luego terminar comiendo picarones.
Con el paso de los años, y la llegada a la universidad, apareció Lito, mi librero. Un aprista educado por Haya, quien con un cigarro en la mano y un café me hizo una de las preguntas más importantes de mi vida. "¿Qué quieres leer, hijo?". Poesía, Hora Zero, le balbuceé, a lo que recibí una mirada y un suspiro, antes de la siguiente pregunta. "¿Por qué?".
Yo acababa de terminar el primer año de Derecho en la Villarreal, y estaba terriblemente decepcionado. Una huelga había hecho que las clases empezaran en julio y no en abril. Cuando por fin llegaron, saliendo de la primera sesión del curso de Historia del Derecho, bajé corriendo a perseguir al profesor, que no había entregado su sílabo, y le pedí bibliografía adicional. Este HDP me ofreció venderme su manual a treinta soles, con la posibilidad de exonerarme del examen final. Yo no había llevado Derecho Penal todavía, pero sabía que eso estaba rotundamente mal. Lo miré con odio, me retiré en silencio, y lo maldije por dentro.
En ese momento algo se me acomodó adentro. Decidí llevar la Facultad sin plagiar. En el colegio, alguna vez, como el niño desesperado que no quiere jalar, había recurrido al plagio. Pero también había conocido a miss Ángela, una profesora que me dejó una gran lección. Una vez nos pidió que calificáramos el resultado de nuestra propia prueba después de explicar las respuestas correctas. Un niño de trece poniéndose su propia nota. Y al final tenías que acercarte a ella y decirle la verdad, o la mentira, mirándola a los ojos. Ella me enseñó que mentirle a la gente que admirabas dolía más por dentro que cualquier nota.
Y por eso, al responderle a Lito, le conté que había escuchado que Pimentel había estudiado en la Villarreal, que había escrito sus poemas en la Colmena o en algún bar del centro de Lima, y que ellos habían traído la poesía a las calles. En el fondo, yo quería ser poeta.
Lito me acogió. Me explicó que la poesía no era el camino para un futuro abogado de clase media de universidad pública, que debía entender el mundo primero, aprender de economía y política, profundizar en la moral humana, en la naturaleza de las grandes familias, en la construcción de figuras y crímenes a través de las novelas policiacas. Y me dio a Sheldon, a Caldwell y a Waltari, entre muchos más.
La feria de Jesús María, con su cercanía a la Villarreal, se volvió mi credo. Así, con el paso de los años, sin dejar a mi librero ni mis visitas por Quilca, con las prácticas y luego con el crecimiento profesional, pude ir aumentando la biblioteca que papá me había heredado.
Hoy ya no leo tantas novelas. La realidad en la que vivimos me parece la mejor novela de todas. Aunque este año estoy leyendo "El principio del mundo", de Jeremías Gamboa. Pero eso será motivo para otro post.
Pdta: Hoy me apasiona demasiado la historia del Perú, los quipus, y los curacas del siglo XVI al XVIII, y en mi visita a la feria pase horas conversando en dos stand antes de comprar los libros que les dejo en una foto, uno es Miguel un joven colombiano que estudia historia de la PUCP lo encuentras en el puesto del Instituto Rivaaguero fue demasiado amable, busquenlo sabe mucho y tiene una gran paciencia para responder preguntas de historia, y el otro, es un escritor que trabaja para la Biblioteca Abraham Valdelomar, que me recomendó el año pasado a Crisobal de Mena, y con quien hablamos mucho de Gonzales Prada, otro crack!.
