Un voto nulo y otras tragedias
Escribir sobre la actual coyuntura, a vísperas de conocerse el resultado definitivo, quizá constituya una de las cosas más arriesgadas que me ha tocado escribir. No pretendo aquí hacer un pronóstico, ni afirmar con ego alguno que mi palabra es guía, y mi silencio un punto final. No.
Como muchos otros votantes, quizá sea honesto afirmar que nunca pensé que llegaría el día en que tendría que presenciar unas elecciones tan infames como estas. Infame porque ambos candidatos, de una u otra forma, representan una sorpresa que, lejos de ser agradable, nos causa pavor el ver a alguno de aquellos candidatos ocupando el sillón presidencial.
Aquel día, 6 de junio de 2021, como muchos, fui a mi local de votación a ejercer aquel derecho cívico de tener que votar entre los dos de los candidatos posibles: Keiko Fujimori o Pedro Castillo. Dos malas opciones: una mala opción de derecha y una mala opción de izquierda. Dos radicales, una elección que define quien de ellos llevará a cabo un plan que no da tranquilidad alguna.
Keiko Fujimori, una vez más, participó en unas elecciones. Una vez más su presencia me genera un gran desagrado. El espíritu del fujimorismo es de aquel neoliberalismo con congresistas involucrados en escándalos de corrupción. Un partido nefasto, heredero de un dictador, quien no gobierna más, pero cuya presencia es influyente en quienes conforman sus filas. Filas que se incrementan o reducen, según la cantidad de condenas que sus miembros acatan. Unas instituciones podridas, ese ha sido su mejor legado.
Pedro Castillo, un candidato cuya llegada a segunda vuelta casi nadie se esperaba, surgió como contraparte. Los medios lo tenían acorralado. Era evidente, como evidente era que muchos medios apoyarían más a Keiko que a Castillo. Enormes anuncios alertaban “No votar por el comunismo”. Una selección que fue cautivada para influenciar también en un voto contra él. Y en las filas de su partido, Perú Libre, engloba a gente como Bermejo o Cerrón, que con cada acción o frase, solo generan mayor repudio al ya desprestigiado Castillo.
Muchos limeños se preguntan: “¿Cómo es que Pedro Castillo llegó tan lejos? No salía en ningún lado”. Aquellos que se generan aquella interrogante solo pecan de la falta de comprensión de la que adolece, lamentablemente, buena parte de la derecha limeña (tan europeizante, pero incapaz de ser siquiera una buena imitación de una ciudad europea). La tecnocracia que tanto se nos ha vendido como solución no lo es. La solución no parte solo en eso. El Perú es un país más complicado; no por su multiculturalidad (que lejos de ser un problema, es su riqueza), sino porque los privilegios de unos nublan la visión sobre las vulnerabilidades de los muchos.
La solución no está en el populismo, que lejos de ser eficaz, vende humo a quienes necesitan en realidad leña. Leña que se les ha negado durante tantos gobiernos. Gobiernos que solo han provocado que nuestro camino a una mejor democracia sea más largo, en confabulación a congresistas y demás burócratas nefastos. Nos falta aún mucho por perfeccionar la democracia que tenemos, es cierto. Negarlo sería faltar a la verdad. Y los partidos que tenemos tampoco han sido de ayuda. Estos dos malos candidatos que llegaron a segunda vuelta son una gran prueba de ello.
Fue por eso que aquel 6 de junio, una vez recibida la cartilla, no tuve que pensarlo demasiado. Me limité a dibujar un signo de interrogación entre la foto de ambos candidatos. Un signo que decía más que una X sobre alguno de ellos. Una interrogante que solo podía traducirse en “¿Cómo pudimos llegar a esto?” Mi voto nulo fue, en mi caso, una salida. Un escape a un dilema ético y moral. Fue un dilema para mí, fue un dilema para muchos otros peruanos que no han aprendido a elegir a conciencia.