El silencio casi absoluto del Estado Islámico o ISIS nos hizo pensar, casi por unos momentos, que los extremistas islámicos se habían unido a una larga lista de personajes que pasaban al olvido y del que solo podrían regresar en futuro rescatados por el trabajo de historiadores que buscarán encontrar las razones de su origen y/o los efectos que causaron en los estados del siglo XXI.
Personalmente, ese silencio tomo forma cuando me enteré que Afganistán había caído, una vez más, bajo el yugo de los talibanes. Las fuerzas estadounidenses se habían retirado, y con ellas, las esperanzas que parte del pueblo afgano conservaba sobre su futuro. Pero no nos engañemos: una democracia que se sostiene en base a una ocupación extranjera no parece algo que pueda durar mucho tiempo luego de la retirada de los ocupadores o aliados, como prefiera usted verlos.
20 años de ocupación en Afganistán. Todo ese tiempo reducido a nada, la supuesta democratización y pacificación que vivía Afganistán demostró no ser más que un mero cuento de hadas, de esos que se les lee a los niños para que duerman tranquilos; solo que en este caso los niños fuimos todos nosotros.
Quienes provocaron el problema ahora venden la solución. Los talibanes de hoy empezaron como muyahidines a finales de los 70s. Financiados y apoyados fundamentalmente por la administración de Ronald Reagan, ex presidente de los Estados Unidos, quién destino junto a su gobierno millones de dólares en armamento y entrenamiento a los ya entonces fundamentalistas islámicos para matar soldados soviéticos en Afganistán.
Esto sucedió en plena Guerra Fría, y es difícil ubicar a los buenos y malos, ya que los países o mejor dicho los gobiernos solo tienen intereses geopolíticos y/o económicos en cualquier parte del globo, dos superpotencias: Estados Unidos y la Unión Soviética lucharon por el poder, siendo la última la que perdió, mientras ahora la otra trata de negarse a perder su hegemonía, ante el avance de gobiernos como el Chino.
La historia parece un circulo vicioso, y también es bien conocida: en su momento la Unión Soviética se retiró de Afganistán, y con ello, a su vez desapareció el gobierno títere que habían implantado, la aparente igualdad de las mujeres se desvaneció, igual que hace un par de meses, cuando las mujeres se han vuelto a ve r forzadas a usar un burka y a tener infinidad de restricciones.
Afganistán es una muestra del oscurantismo y miseria a la que un gobierno teocrático conlleva siempre. Si bien habrá quienes dicen que hay casos como Arabia Saudita, que es un país próspero en ámbito económico, solo basta ver el trato que tienen con sus mujeres para poder ser sensato y darse cuenta que no es ningún ejemplo a seguir. ¿Qué buen ejemplo a seguir puede obtenerse de un país que tiene una visión islámica ultraconservadora y radical bajo la cual además se han (y aún lo hacen) formados cientos de personas con ideas de intolerancia contra las opiniones ajenas? Con esto no se quiere decir que Arabia Saudita sea necesariamente un país que exporta terroristas, pero si tenemos en cuenta que el wahabismo es una doctrina islámica intolerante, no puede hablarse realmente de que exista “tolerancia” en un país lleno de prohibiciones, en donde los opositores son objetos de vejaciones a manos de la policía religiosa.
Los Estados Unidos de América es un imperio que se niega a desaparecer. En su afán por mantener su hegemonía continuará respaldando, seguramente, grupos insurgentes o incluso fundamentalistas religiosos. Un temor personal que espero sea solo una paranoia. Ojalá no vuelva a repetirse esta política tan dañina para la paz mundial: el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Muy en el fondo, la gran mayoría de personas somos víctimas, sin saberlo y sin poder evitarlo, de decisiones de hombres más poderosos cegados u obsesionados por el poder. Esto quizás implica aceptar que somos daño colateral en el medio de una guerra en donde nunca quisimos participar.